Lo que sucedió en Haití quedará marcado para siempre en la piel de nuestra América Latina. Esta pequeña isla del Caribe, tan lejana, tan diferente a la Argentina, ha sufrido a lo largo de la historia las mismas desdichas que nuestro pueblo. Somos hermanos en la miseria, la desigualdad y la opresión. Haití es y ha sido, como tantos otros países Latinoamericanos, victima del imperialismo más feroz que azotó y sigue azotando nuestra tierra. Otrora bajo banderas europeas, hoy bajo la bandera de Estados Unidos.
Las políticas económicas de saqueo implementadas en la isla por parte de Francia en el siglo dieciocho, sumado a la explotación de los esclavos negros en las plantaciones de azúcar y café fue tan sólo el inicio. Luego, fueron invadidos por Estados Unidos que arrasó con las selvas de la región, sin realizar reforestación. El Banco mundial y los organismos internacionales de crédito marcaron el rumbo ineludible que deberían seguir: con recetas “mágicas” prometieron acelerar la economía y expandir las inversiones privadas, obviamente a costa de la marginalidad y la pobreza de grandes sectores de la población. Todo esto legitimado a través de los grandes monopolios mediáticos. La reducción del gasto público y la libertad de mercado, no hizo más que ensanchar la brecha entre ricos y pobres, aumentar el analfabetismo, y empeorar las condiciones sanitarias y de empleo del pueblo. Asimismo produjeron una gran precarización de la infraestructura del país, que, sumado a los demás factores, dejó a Haití completamente indefensa y expuesta a cualquier desastre natural o humano.
Hoy Haití es el claro ejemplo de la destrucción que deja a su paso no un terremoto, sino un modelo político, económico y cultural que tiene como condición necesaria para su desarrollo, la existencia de países pobres, que sean saqueados continuamente, que sean obligados a tomar políticas económicas que benefician a unos pocos y aniquilan a los más, que no posean la libertad de autodeterminación en sus rumbos como pueblo soberano, sino solo una libertad de mercado que genera más esclavitud y dependencia. Sin esta periferia, sin la marginalidad y la miseria, el modelo capitalista no puede existir.
Haití fue víctima de un hecho fortuito: un sismo que sacudió violentamente la tierra. Pero las muertes no fueron provocadas por el terremoto. Las miles de muertes no fueron ocasionadas por hechos fortuitos en absoluto, sino por una maquinaria minuciosamente diseñada para despojar a los pueblos de su libertad y autodeterminación, de su dignidad y sus riquezas, de sus particularidades y su cultura, de su alegría. Este dolor es el testimonio vivo de lo que hemos sufrido a lo largo de tantos siglos. Hoy tenemos la responsabilidad de colaborar con el pueblo de Haití, y la obligación ineludible de analizar y comprender en lo más profundo el origen, la causa del padecimiento de esta nación y de tantas otras de Latinoamérica, para unirnos como hermanos y luchar para que esto nunca más nos suceda. La dignidad de un pueblo puede más que la mentira y la opresión.
Porque, como dijo García Márquez:
“…nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.”
Poder y Organización Barrial
lunes 1 de febrero de 2010
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